«Pase sin llamar»

Como los cartelitos que ponen en algunas oficinas, te invito a recorrer el blog con toda libertad y a conocerme a través de mis reflexiones cotidianas a la luz de las enseñanzas de la Fe Bahá'í. ¿Tenés un ratito? Vení a relajarte y a leerme, café de por medio. Estaré esperando tus comentarios y reflexiones para conocernos un poco más.
La idea es que en el acto de compartir la luz propia a través de nuestras palabras y convicciones, nos enriquezcamos mutuamente y podamos brillar como verdaderos soles en el mundo de la creación.
¡Bienvenid@!
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domingo, 20 de abril de 2008

Soy Bahá'í




¡Mi Dios, mi Adorado, mi Rey, mi Deseo!

¿Qué lengua puede expresar mis gracias a Ti?
Yo era negligente, Tú me despertaste.

Yo me había alejado de Ti,
Tú me ayudaste bondadosamente a volver hacia Ti.

Yo era como un muerto,
Tú me vivificaste con el agua de vida.

Yo estaba marchito,
Tú me reanimaste con la corriente celestial de tu Palabra
que ha fluido de la pluma del Todo Misericordioso.

¡Oh Divina Providencia!

Toda la existencia es engendrada por tu munificencia;
no la prives de las aguas de tu generosidad
ni del océano de tu misericordia.

Te imploro que me ayudes y me asistas
en todo momento y en todas condiciones.
Y anhelo tu antiguo favor del cielo de tu gracia.

Tú eres, en verdad, el Señor de bondad y
el Soberano del reino de la eternidad.

- Bahá'u'lláh -

Hace diez años y unos cuantos meses, cuando estaba investigando sobre la Fe Bahá'í, tuve la oportunidad de participar en el Congreso del Movimiento Juvenil Bahá'í que se hizo en Chile. Mientras estuve allí, soñé con 'Abdu'l-Bahá.

En mi sueño, yo y otros más caminábamos sobre una gran rueda de madera que llevaba dos ejes en cruz. Entonces apareció un óvalo negro que flotaba en el aire, como esas puertas a otra dimensión que se ven en las películas de ciencia ficción. Era 'Abdu'l-Bahá. Sí, ya sé, no estaban su cara ni su cuerpo, pero era su voz y era Él. Cosas que tienen los sueños. La Voz me decía que debía seguir caminando sobre la rueda, y que no me saliera de ella, pues estaría perdido.

Ese congreso fue clave para mí. Por ejemplo, en esa época, yo era muy rebelde y caprichoso (lo admito, todavía me quedan resabios de ambas cosas), y si bien ya me sentía identificado con la Fe Bahá'í, no firmaba mi tarjeta de ingreso porque, decía yo, eso no cambiaba en nada mis sentimientos. Cuando mis amigos me insinuaban que debía firmar mi tarjeta de ingreso formal a la Fe, sus palabras solo lograban alentar a mi pobre alma inmadura en su terquedad. Así que cuando estuve en el congreso, hablé de esto con una consejera, y recibí una respuesta tan sencilla como contundente: yo no debía firmar mi tarjeta por nada, salvo por amor. Ella me dijo que hay cosas que nuestros padres nos piden y que a veces nosotros no entendemos. Lo mismo ocurre con Bahá'u'lláh, Quien habla a través de la Casa Universal de Justicia. La Casa de Justicia pide un ingreso formal por asuntos administrativos y estadísticos, y yo debía firmar esa tarjeta sólo cuando mi amor por Bahá'u'lláh fuera tan grande que sería capaz de obedecerlo aun sin entender Su pedido.

Eso fue todo. No había más vueltas que darle al asunto. Lo próximo fue preguntarme cuán grande era mi amor por Bahá'u'lláh y si la medida de ese amor podía llevarme a confiar en Él con los ojos cerrados.

El 21 de Abril de 1998, a las cinco de la tarde, me encerré en mi cuarto, solo yo y mi tarjeta de ingreso. A solas con Bahá'u'lláh. En medio del silencio y la solemnidad, ofrecí una oración y firmé donde decía que soy un seguidor de la Gloria de Dios. Con todos mis sentidos concentrados en ese momento de magia personal, aceptaba a Bahá'u'lláh como el Mensajero de Dios para esta época, reconocía sus enseñanzas, las entendía y me sometía a ellas. Mi mente asistía, con todos sus poderes, a mi propio nacimiento, una nueva creación de mí.

Varios meses después, estando solo en mi cuarto, comencé a llorar porque tenía problemas que me estaban asfixiando. Esta vez, la soledad del cuarto me ahondó más la pena y el sentido de abandono. Entonces pensé en Bahá'u'lláh y en lo que significaba ser Bahá'í. Hasta entonces, mi mente había entendido con claridad lo que implicaba ser Bahá'í, pero sucedió algo mientras la tristeza se hacía lágrimas: sentí a Bahá'u'lláh abrazándome suavemente, como cuando un papá abraza a su hijo porque quiere aliviarle el dolor. ¡Él estaba ahí! Yo seguí llorando, esta vez de emoción, porque por fin mi corazón sentía lo que mi mente ya había entendido: que era un hijo de Dios, que no estaba solo, que nunca lo estuve. Supe y sentí que era un seguidor de la Gloria, un Bahá'í.

Sé que no soy el mejor hijo que Dios ha tenido, y que todavía sigo mudando de piel, unas veces con más o menos dolor y dificultad que otras. Pero estoy aquí, de pie. Y como dice la oración, sea lo que yo sea, aun soy Su hijo.

martes, 26 de febrero de 2008

De Arequipa, Una Mujer y El Poder De La Fe

Hoy me pasó algo lindo. Gracias a internet pude contactarme con mi amiga Elizabeth después de muchos años.

Elizabeth y yo nos conocimos en mi paso por Arequipa, la "ciudad blanca" que me dejó hechizado por su belleza y por el olor del sillar, que la envuelve y la impregna y la devora hasta volverlo inolvidable. Este olor, surgido de lava volcánica calcinada hace cientos de años, se mete en todos los espacios de Arequipa, en sus calles, en sus palacios, en sus plazas, y se vuelve uno con la ciudad, como el olor de los cafecitos que inundan Buenos Aires, o como el olor de fruta fresca que impregna a Cali.

La primera vez que estuve en Arequipa, llegué solo a la ciudad para unirme a unos amigos que viajaban por varios países. Allí conocí a Elizabeth: la tez blanca de los jazmines, la fronda de sus cabellos, como margaritas del campo dueñas de sí mismas, la voz de nena y la piel de cielo y rosas. Estaba en la universidad y era amiga de mi amiga Sandra, así que por ella nos conocimos, en medio de festejos, fotos y paseos. Me parece que fue hace poquito, unos meses nomás, cuando Elizabeth, Sandra, yo, todos, nos reíamos por las calles de Arequipa y el tiempo se detenía para darnos chances de disfrutar el momento. Pero no pasó recién, fue hace años.

Anoche, mientras creaba el primer blog de mi vida, llegué de una manera totalmente azarosa a un mensaje de Elizabeth en un sitio desconocido y de nombre raro. Ella buscaba al amigo perdido, pero él la encontró a ella, y los recuerdos lo encontraron a él.

Lo más curioso de esto es que hace varios días estuve pensando en Elizabeth, y preguntándome qué sería de su vida. Es llamativo que ambos estemos pensando el uno en el otro casi al mismo tiempo, cuando, aparentemente, no hay nada lógico que nos induzca a ello. Llamativo, pero perfectamente posible. Y lógico.

Hay un por qué en todo esto, y es fácil entenderlo una vez que tomamos conciencia de lo que verdaderamente somos los seres humanos. La física cuántica afirma que todo está hecho de energía y que, en cierto nivel, no existe lo material, lo sólido, sino que todo este universo -nosotros, las cosas, la tierra, todo- es pura energía aglutinada y en constante movimiento. En este sentido, es fácil entender que la energía liberada por Elizabeth en su deseo de encontrarme se conectó con la mía y simplemente nos encontramos, porque ambos formamos parte de este todo que es el universo y somos uno con él. Una explicación simplista, podrían decir algunos, pero, cuidado, no confundamos lo simplista con lo simple y lógico. Esta liberación de energía para atraer lo que se desea concuerda con otras experiencias que tuve en mi vida, en las que, animado a lograr algo, lo imaginaba con tanta fuerza y convicción que terminaba ocurriendo. Esto nos ocurre a todos, no solo a mí, y es algo grandioso y sencillo a la vez. Se llama fe.

Dice Bahá'u'lláh que la fe es "conocimiento puesto en acción". Si creemos firmemente en algo, aún cuando ese algo no esté manifiesto en este mundo contingente, y si actuamos en consecuencia, es decir, como actuaríamos si ya tuviéramos/fuéramos/hiciéramos aquello en lo que creemos, entonces ese algo se manifiesta en el mundo contingente, atraído por la energía liberada al universo.

Los últimos experimentos científicos indican que el cerebro no distingue entre lo que se vive y lo que se imagina, y registra ambas acciones como una misma experiencia. Este descubrimiento nuevo sigue, efectivamente, la definición de fe que Bahá'u'lláh ya ha dado hace más de cien años: cuando actuamos como si lo que deseamos ya se hubiera dado, estamos instruyendo al cerebro para que busque los medios necesarios para vivenciar en el mundo contingente lo que ya vivimos en el mundo ideal. Sorprendente, ¿no? Una prueba más de que ciencia y religión se dan la mano, no la espalda.

Si virtualmente los seres humanos podemos lograr cualquier cosa en la que tengamos fe, entonces tenemos la obligación moral de creer en (esto es, actuar con) principios elevados que lleven a la humanidad a la manifestación de sus mejores potenciales. Podemos empezar de a poco, como Elizabeth, la mujer hecha de flores, que solo se propuso encontrarme a mí y, a cambio, trajo alegría a este blog y me llenó el corazón de felicidad, lo que, en mi vida, es mucho.
blog musique